TZAPINO: UN VIAJE AL CORAZÓN DE LA SELVA Y LOS RECUERDOS
Por Abg. Bethy Silva: Una experiencia inolvidable nos llevó a Tzapino, una comunidad waorani en lo profundo de la selva, donde compartí con mi madre la magia de un primer vuelo en avioneta y descubrí la riqueza de una cultura viva. Tres días de aventura, conexión y gratitud, entre dantas amistosas, tejidos ancestrales y cielos cubiertos de estrellas. Un regalo del Creador que quedará grabado para siempre en mi memoria.
Un día y porque la vida es así, cuando quiera llenarme de gratos recuerdos, para seguir adelante, mi mente y corazón me traerán a primera fila de mis pensamientos a Tzapino.
Contaré a mis hijos y nieta lo feliz que fui en compañía de mi madre, quien compartía conmigo la primera vez de volar en avioneta.
Qué aventura!!!
Ocurrió a finales del mes de diciembre del año 2023, cuando no hace mucho venía de otro viaje maravilloso, pero éste, único en su esencia, con adrenalina y misterio de una selva que había visto solo en películas. Un viaje abordado por el alma y pedido a la divinidad desde hace cuatro años atrás y que se ha cumplido.
Para quienes no conocen Tzapino, es una comunidad waorani que queda a 25 minutos en avioneta desde el aeropuerto de Shell. Existen siete familias y alrededor de treinta y cinco personas y ocho niños que se encuentran estudiando. Dueños de limoneros cargados hasta más no poder, de yucas inmensas, más gruesas que mis piernas jaja, pescados de toda clase, ríos y selva con olor a lluvia y sol. Amigos de la danta llamada Tite que pasea con calma cada tarde en la comunidad, juega con los niños y se deja acariciar.
Mis amigos tienen un papagayo de nueve años de edad que habla y entiende waorani. Mi madre le hizo un corto saludo y él en su lengua le había dicho: ella no sabe, jaja. Felipe y Menita nos alojaron amablemente con su hija en su casa. Fueron tres días para ver, sentir y disfrutar. El vuelo por primera vez en avioneta, sentí como volar en bicicleta… hayyyy.
Comí por primera y única vez carne de lagarto. Descansamos en hermosas hamacas hechas por las manos prodigiosas de Menita y llegada la noche un concierto único del canto de grillos y ranas saludaban a la abuela luna. En el cielo había una cobija larga de estrellas y frente a mis ojos las luciérnagas mofaban de contento mi corazón. Coincidamos con la luna llena. ¡Qué regalo del Creador!!!
Miramos al día siguiente con curiosidad la laboriosa tarea de tejer en silencio. Sentía ese tejido que como raíces se iban abriendo mis brazos.
Las mujeres hacían un bello trabajo, todo es natural y los colores también, el lila y verde fueron mis favoritos. Lo que más me gustó es que mis nuevos amigos Menita y Felipe tenían su casa muy limpia. Los zapatos afuera. Entiendo, adentro todo es sagrado, qué lindo. Escuchar un nuevo idioma del que solo me aprendí Ongai que significa flor, el nombre que me dio Menita. Este viaje no hubiese sido posible sin la guía y conocimiento de un grandioso piloto y amigo Richard Morales, a quien agradezco en nombre de mi madre y en mío propio esta bonita experiencia.
Me quedo con la sonrisa y el amoroso camino que recorrimos juntas de quien me trajo al mundo, de sus espacios atentos de la melodía de alguna ave que reconocía el linaje de esa mirada de nostalgia que le habrá traído algún recuerdo de su niñez.
Gracias amigo caballero del aire. Gracias Tzapino, Gracias vida.
Ongai.