LA CHICA DEL TATUAJE Cuento de Hernán Heras Luna

Arrastrado por una fuerza misteriosa, sentía que el cosmos infinito lo envolvía. A veces flotaba entre las nubes; otras, se encontraba bajo luces crepusculares. En ocasiones, todo era oscuridad y apenas distinguía el resplandor de unos ojos infinitos. No era astronauta ni siquiera aviador aficionado, pero se había embarcado en aquel viaje después de beber dos tazas de infusión de ayahuasca, la bebida sagrada de los chamanes de la selva, preparada con la enredadera que crecía a la entrada de su cabaña.

– «Voy a comprobar si es cierto que el natem permite ver el futuro», se dijo. Arrancó unas hojas, preparó la infusión y la bebió en apurados sorbos. Tantas preguntas rondaban en su mente, que no dudó en hacer el experimento él mismo. Como los antiguos griegos acudían a los oráculos, él ingirió la bebida mágica para indagar sobre el destino, no solo de él, sino de toda la humanidad.  

En medio de la oscuridad apareció una tormenta eléctrica. Parecían meteoritos que colisionaban entre sí y levantaban ráfagas de humo gris amarillento. Aquellas imágenes le recordaron las batallas de los dioses del Olimpo, blandiendo sus espadas. Pero llegó un momento en que el ambiente se inundó de paz, como si estuviera cerca el creador, soberano del universo, y se abrió el telón de imágenes fantásticas en plena vía láctea. Un grupo de cavernícolas parecidos a los predecesores del homo sapiens, huían de un gigantesco felino de colmillos amenazantes. De pronto, él mismo apareció en escena. Tenía el rostro cubierto de vello, la nariz achatada y la mandíbula prominente. Caminaba ligeramente encorvado y sostenía en su brazo derecho un mazo de chonta, al que estaba atada, en uno de sus extremos, una piedra tallada en forma de hacha.

Junto a él, una docena de cavernícolas, comenzaban a aligerar el paso y a correr con fuertes zancadas, porque detrás de ellos venía rugiendo una enorme fiera parecida a un rinoceronte con abundante pelo. No entendía qué estaba pasando, porque se sentía más veloz que sus compañeros, cuando el animal lanzó por los aires a uno de ellos. Sin pensar se enfrentó a la fiera, y con un salto increíble, le asestó un hachazo fulminante en la frente, en medio de los ojos. Los otros atacaron por ambos flancos, golpeándolo con sus armas rudimentarias. El animal no tuvo otra opción que huir.

Aunque no pudieron atraparlo para darse un festín con su carne, ya era bastante haber salvado sus vidas. Todos se inclinaron ante él, admirados de su valentía. Cuando llegaron a la aldea, Le colocaron al cuello una cinta con un sol tallado en hueso, distintivo de honor y valentía. Era el símbolo del astro que ilumina y da vida, pero cuyo poder ningún mortal puede tocar. Le trajeron la chica más joven de la horda, él entendió que era parte de sus trofeos. La joven venía con una mirada seductora, con sus grandes ojos marrones y un tatuaje de sol a lado izquierdo del cuello. De cabellera abundante, pechos descubiertos como fruta exuberante y esbelta pelvis cubierta con una corta franja de piel felina. Otras la acompañaban con similar atuendo, eran los premios para los demás guerreros.

El calor se apoderaba del lugar, como si eros hubiera soplado su aliento encantador, cuando sintió que se mareaba y todo se volvió oscuridad. El torbellino volvió a apoderarse de él arrastrándolo por desiertos, montes, pantanos y hasta el mar. Le pareció ver el barco de Odiseo y él atado al mástil para evitar que encallase ante el canto de las sirenas. Pero, una voz de tono grave, lo devolvió al presente:

—Calma, todo está bien.

Abrió los ojos y se encontró con la luz de las lámparas de la sala de cuidados intensivos.

—El pulso está normalizándose —dijo el jefe del equipo médico.

Comprendió entonces que el viaje había terminado.

Las escenas de la aventura reciente, iban y venían en su mente, con más fuerza conforme avanzaba la noche: los cavernícolas, las fieras asesinas y las chicas del trofeo, especialmente la joven que le tocó a él. Los efectos de la experiencia aún persistían en su memoria. Se abrió la cortina de la sala de recuperación y apareció una joven rara, vestida de enfermera. Él reconoció sus ojos marrones y el tatuaje del sol en el lado izquierdo del cuello. Se quitó el mandil blanco y la cofia de lazo. Luego se soltó el cabello ondulado y, debajo del uniforme, apareció el taparrabo de piel de tigresa. No pudo distinguir nada más. La joven ya se había abalanzado sobre su pecho y ambos se fundieron en un abrazo interminable. Cuando llegó la enfermera de verdad, la cama estaba vacía, con las sábanas húmedas y revueltas. El reporte médico consignaba una sola observación: “El paciente ha desaparecido”

Hernán Heras Luna 24/09/2026

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